Газета русской общины в Коста-Рике - Periódico de la comunidad rusa en Costa Rica

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среда, 13 апреля 2011 г.

GAZETA # 31. Marzo 2011. Artículo 3. EN LA SELVA DE TALAMANCA TAMBIÉN SE ENCUENTRAN NUESTROS EGRESADOS


Karen Herrera es egresada de la RUDN (Universidad de Rusia de la Amistad de los Pueblos) y  trabaja como profesora de “Explotación bovina y especies menores”  en el Colegio Técnico Profesional de Talamanca,  zona indígena Bribri, en la frontera con Panamá. A sus estudiantes –descendientes de indígenas americanos, españoles y procedentes de África–  les cuenta acerca de la nieve de Moscú, los “pelmenis” y los difíciles exámenes que ella tuvo que hacer en lengua rusa.  Sobre sus espaldas  no solamente hay un pasado de cursos ganados en Moscú, sino también una tempestuosa vida personal dentro de las paredes universitarias, amores y sufrimientos, así como los nacimientos de dos hijos.  Como resultado, los estudios se le prolongaron hasta siete años.  A pesar de todo eso, Karen, en aquellos tiempos una muchacha muy joven, logró vencer todas las dificultades y graduarse como ingeniera agrónoma.  Ahora trabaja con éxito y está muy feliz en su vida profesional y personal.

El primer encuentro con Karen tuvo lugar por una total casualidad durante un viaje familiar nuestro a una playa del Caribe.  En Cahuita, dentro de un pequeño supermercado, de repente sonó una palabra rusa: “davai, davai!” (“dele, dele!”) - ¿Usted habla ruso? – No, es mi esposa, ella estudió en Moscú”.  Así hemos llegado a Karen, y este encuentro fue el inicio de nuestra amistad.  Pero al principio ni imaginaba que tan interesante resultaría toda esta historia, digna no sólo de un artículo en el periódico, sino hasta para toda una novela.

-   Karen, ¿cuántos años tenía usted cuando fue a estudiar en Moscú?
-  Tenía apenas 17 años y por las leyes de Costa Rica yo era menor de edad.  Mis padres tuvieron que dar su consentimiento, de otra manera no me hubieran dejado ir fuera del país.  Estaba muy entusiasmada, quería ponerme en camino lo más pronto posible, pero cuando me encontraba en el aeropuerto, frente el control fronterizo, de repente me di cuenta que tan serio estaba todo eso…  las lágrimas brotaron de los ojos.  Me despedí de mis padres y amigos, di vuelta y di el paso a través de la barrera.  Sin ver atrás.  Si lo hubiera hecho, seguramente no hubiese tenido fuerzas para irme, ¡correría de regreso!


-  ¿Y cómo sucedió que usted tuvo dos hijos durante los estudios?
-   Yo era todavía una niña, y mi mamá no estaba cerca para apoyarme y darme un buen consejo…  Así resultó que me embaracé y tuve mi primer hijo al puro principio de los estudios o sea, en el primer curso.  Estaba muy preocupada, ya que no estaba bien de salud derivado de una cirugía de corazón cuando era niña.  Me mandaron a un hospital especial donde el parto se desarrolló bajo el control de especialistas cardiólogos y, gracias a Dios, todo salió bien. 

-   ¿Y cómo encontró fuerzas para no desesperarse y seguir estudiando?
- Los pobladores del Caribe somos gente valiente, por algo nuestros ancestros, originariamente de Jamaica, construían el primer ferrocarril en Costa Rica.  Además mi padre siempre me aconsejaba no rendirme en la vida.  La agronomía y la ganadería siempre me gustaron  mucho, y en la Unión Soviética existían excelentes condiciones para aprender estas profesiones.  Para que nosotros, los estudiantes de países tropicales, pudiéramos conocer diferentes especies de animales, cada verano nos llevaban a largas excursiones: al parque nacional Askania Nova, a Kharkov, a Uzbequistán.  Tenía que dejar mi hijo al cuidado de educadores.  El viaje a Uzbequistán fue el más interesante: en este país asiático, todas las mujeres andaban con vestidos largos y cubrían la cabeza con un pañuelo, y yo andaba con un short porque estaba haciendo calor.  Los hombres me miraban con ojos desorbitados.  “Tranquila –decía nuestra profesora– usted es extranjera y tiene el derecho de vestirse como quiere”.  Y cuando a nuestro grupo nos invitaron a una boda local, para que conociéramos  la cultura uzbeca, me trataron de sentar al otro lado, donde estaban las mujeres.  Pero no les hice caso y siempre me senté con mis compañeros hombres. 


-   ¿No tenía problemas por el color oscuro de su piel?
-   No, nunca tuve que enfrentar manifestaciones racistas.  Por supuesto, la gente creía que venía de África, y siempre tenía que dar largas explicaciones de que soy de América Latina, y lidiar con eso de que a  Costa Rica siempre la confundían con  Puerto Rico.  Una vez fui a una sauna rusa donde las mujeres se bañaban juntas…. todas me miraban con asombro, y una no soportó, se acercó y tocó mi piel oscura con su dedo; ¡se convenció que la “tinta” no se borraba!  En general, nuestra vida en la Unión Soviética en los años 70s – 80s fue muy próspera, era la época dorada del socialismo, vivíamos en residencias limpias y confortables, todo el estudio se nos otorgaba gratuitamente, y además nos pagaban la beca.  Además de la profesión, en Moscú recibíamos una completa “dosis” de cultura: visitábamos teatros, museos, leíamos literatura clásica en traducciones al español.  El control médico y el servicio fueron excelentes.  Estoy muy agradecida al gobierno de Rusia por esa oportunidad.

-   ¿Dónde más pasaba su práctica profesional?
-   Por lo general, en las granjas estatales de la región de Moscú.  Trabajábamos con diferentes animales domésticos, pero más que nada me tocó practicar con los cerdos.  Aprendí a no tener miedo de ensuciarme las manos y hasta hacía masaje rectal a las vacas.  Los zootécnicos rusos, por lo general mujeres, me aconsejaban quitarme los guantes para tener el mejor tacto en los dedos.  Así una vez aproveché la experiencia recibida, cuando una cerda no podía dar a luz: metí la mano, di vuelta al cerdito y pude sacarlo;  en total tuvo diez cerditos.


-   ¿Y cuándo nació su segundo hijo?
-   Vino al mundo ya al final de mis estudios.  Me casé con un panameño y tuvimos a Renzo, ahora de 23 años.  Después de graduarme fui con mi esposo a Panamá, pero no me gustó vivir allá.  Así que lo dejé y regresé a Costa Rica con los niños.  Ahora Renzo estudia medicina en San José y el hijo mayor vive en Colombia.

-   Usted vive en la zona del trópico húmedo, ¿aquí hay una jungla de verdad?
-  Por supuesto, tenemos una selva con malezas impenetrables, una gran variedad de plantas,  animales y hasta el árbol de pan. (Sonriendo acota): Lamentablemente no tenemos el árbol de vodka que es lo que siempre me pregunta la gente rusa.  - Pero en lugar de eso hay un montón de zancudos, mosquitos, pulgas, garrapatas…  No se puede entrar en nuestro bosque con mangas cortas y con pantalón corto.  A pesar del calor, uno tiene que cubrirse todo el cuerpo porque de otra manera, nunca terminarás de rascarte.  Aquí viven los monos congo, cariblanco, monito ardilla, etc, además de  perezosos, venados, saínos –pequeños jabalíes silvestres– una gran cantidad de serpientes y mucha variedad de pájaros. 

-   ¿Y con cuáles animales trabajan ustedes en el colegio?
-   En el trabajo por lo general nos vemos con los animales domésticos, el ganado vacuno es cebú y de la India,  los que soportan el clima caliente.  Las vacas lecheras de razas europeas no pueden vivir en clima tropical y son criadas por lo general en la región central de Costa Rica, en zonas de altas montañas, donde el clima es más fresco y no hay tanto insecto dañino para la piel.  En nuestro colegio tenemos vacas, cerdos, gallinas y ovejas.  Estas últimas casi no se crían en Costa Rica, pero nos trajeron una pareja desde Heredia.  Por lo general me toca trabajar más con los cerdos.  A los costarricenses les gusta mucho comer su carne siendo el plato tradicional el chicharrón o sea, carne frita de cerdo con piel. 

-   Para poder trabajar como educadora, ¿usted tenía que estudiar más?
-  Sí, en Moscú me dieron el título de ingeniera agrónoma con énfasis en zootecnia.  Al regresar de Rusia, a los ocho meses conseguí empleo en el Ministerio de Agricultura y Ganadería.  Trabajé allá un poco, pero no estaba satisfecha con el trabajo de oficina y decidí dedicarme a la enseñanza.  Por eso tuve que matricularme de nuevo y pasar unos cuantos cursos de pedagogía en la Universidad Metropolitano Castro Carazo.  Al principio me nombraron en Limón centro donde trabajé ocho años.  Y desde el año 2004 estoy trabajando en la zona indígena de Bribri donde se establecieron excelentes relaciones con los estudiantes.  En aquella zona la gente joven todavía respeta a los mayores, no hay tanta situación de crimen como en la ciudad. La composición de los jóvenes es mixta: hay muchos originarios de familias muy pobres, así como muchos nicaragüenses, pero también hay gente rica.  Nuestro colegio recibe mucha ayuda internacional y estatal: a los estudiantes necesitados se les dan los libros, materiales, el uniforme del colegio y almuerzos gratuitos.  Algunos no completan el bachillerato, pero tienen todas las condiciones para llegar a ser exitosos trabajadores del eslabón medio.  Ahora nuestro colegio prepara técnicos de varias especializaciones: agronomía-zootecnia, agronomía-ecología, turismo hotelero, industria textil.  Todos los estudiantes cursan seis años.  Ahora tengo los novenos, los décimos y los undécimos grados.  Ordeñamos las vacas y  los muchachos me ayudan a reparar las cercas así como limpiar y alimentar a los animales.

-   ¿Los estudiantes le preguntan de Rusia, le piden enseñarles hablar en ruso?
-   Sí, por supuesto, son muy curiosos.  Siempre me piden enseñarles palabras “malas”, pero les respondo: “ne znaiu” (no sé).  Sólo los enseño palabras como “krasívaya dévushka” (muchacha bonita), “da” (sí), “spasibo” (gracias), “joroshó” (bien).  Cuando ellos ven el tema de la Revolución de Octubre ó de la Segunda Guerra Mundial, les cuento un poco de la historia rusa y sobre la clase de heroísmo que demostró el pueblo ruso y cuantas pérdidas sufrió durante estas pruebas tan duras.  Les cuento sobre el invierno frío de Rusia, la nieve y de como yo tenía que usar doble pantalón, una suéter, abrigo, gorro, guantes, bufanda y las botas.  En mi práctica pedagógica uso el método “soviético”: a menudo les doy a los estudiantes exámenes orales, los siento alrededor de mí, después cada uno saca un “billete” y responde una pregunta.  Les inculco a mis estudiantes que en la vida tienen abiertas todas las oportunidades, uno sólo tiene que esforzarse a estudiar bien y, además, creer en sus propias fuerzas.  No es un secreto que entre aquellos que a su tiempo se fueron a la URSS, había bastante gente débil, poco esforzada, blanda para el alcohol y las mujeres.  Perdieron todos los cursos y regresaron, explicando sus fracasos debido a  “persecuciones políticas” y otros problemas imaginarios.  Pero nadie les cree porque se sabe en realidad la clase de magníficas condiciones que nos concedió la Unión Soviética para estudios exitosos.

-   ¿Cómo se formó su vida personal en Costa Rica?
-   Por largos años viví sola, criando hijos y trabajando.  Pero una vez más la suerte me sonrió y conocí a un hombre maravilloso, al cual ligué mi destino y ya tenemos siete años juntos!  Geovanny trabaja en el área de la telefonía celular.  Cada domingo vamos de picnic al parque nacional Cahuita y pasamos todo el día en la costa del Caribe.  Costa Rica es un país maravilloso, y me gustaría invitar a toda la gente rusa a que venga a visitarnos aquí.  ¡Serán bienvenidos!

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