Газета русской общины в Коста-Рике - Periódico de la comunidad rusa en Costa Rica

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суббота, 21 сентября 2013 г.

GAZETA # 60. Setiembre 2013. Artículo 4. PERSONAJE DEL MES. La longeva de Olga Ivánovna Prozhoguina




Olga Ivánovna, después de haber vivido cien años, recuerda su infancia hambrienta primero en Siberia, después en Ucrania, los años que ha pasado en el orfanato, los estudios, el matrimonio, los años difíciles de la guerra, el nacimiento de los hijos, su trabajo responsable en el Soviet de los Ministros de Ucrania, el nacimiento de los nietos y bisnietos y al fin, el traslado a Costa Rica.

“¡He vivido cien años! Es mucho! He visto muchas cosas buenas y muchas malas en mi vida, siempre ayudaba a la gente en lo que podía, y amaba mucho a los animales” – dijo Olga Ivánovna al brindar en su fiesta de aniversario número cien, rodeada por sus familiares y amigos.  Nos contó, con la ayuda de su hija Alisa, sobre su vida, en la que se ha reflejado la de todo nuestro país.

Olga Ivánovna nació en Siberia, en la ciudad de Omsk.  Su padre era de Letonia, músico que tocaba la flauta.  Antes de la Revolución llegó a Siberia en una gira artística con un grupo de músicos, se enamoró de la mamá de Olga y se quedó vivir en Omsk, donde  nacieron sus ocho hijos.  Como músico no ganaba lo suficiente para sostener una familia tan grande, así que consiguió empleo como maquinista en el ferrocarril, llevando trenes hacia China.  Ganaba muy buen dinero por aquellos años.

Cuando llegó el poder Soviético en 1917, le nacionalizaron todos los ahorros que guardaba en el banco para “los días malos”.  Este suceso, además de un resfrío contraído durante una cacería, le afectó mucho y se enfermó de neumonía muriendo a la edad de 42 años.  La madre quedó en una situación gravísima: con ocho niños en sus brazos y sin medios de subsistencia.  Tenían una vaca, pero con el tiempo también tuvieron que venderla. Aunque nunca había estado en Ucrania, ella la amaba  mucho,  en una especie de amor raro, más bien a nivel de subconsciencia.  Y entonces, con sus hijos, se fue a Ucrania a principios de los años veinte.  Creía que el clima cálido, la abundancia de verduras y frutas le ayudarían a levantar a su familia.  Logró a colocar algunos de sus hijos en el orfanato en Kryzhópol, entre ellos Olga.  En esa tierra bendita de Vínnitsa, bajo el cálido sol ucraniano, Olga pasó 5 años y siempre ha recordado con gratitud a sus maestros y al personal de servicio tan dedicado al cuidado con amor de los huérfanos de la revolución.  En aquellos años la hermana mayor de Olga, Nadezhda, se casó y a los pocos meses, decidió a invitar a su madre y a ella a vivir con su familia en Kiev.  Su esposo en aquellos años había sido nombrado ministro de carreteras de Ucrania, y para una familia joven no era difícil alimentar un par más de personas amadas.

Olga se graduó de una secundaria de siete grados y a la edad de 16 años entró a trabajar en una imprenta.  Entre los años 1932 y 1933 en Ucrania se produjo una terrible hambruna y en las calles de Kiev había gente débil, desmayada por el  hambre, la que llegaba a la capital con la esperanza de encontrar empleo y alimento.  Mucha de esa gente sencillamente moría en las calles.  Olga recuerda aquel tiempo, cuando ella caminaba a la casa después del trabajo, y tenía que “pasar sorteando  cadáveres”.

Ucrania siempre ha tenido fama por su excelente clima y los mejores y más fértiles suelos negros en el mundo, pero cayó en una situación desesperada.  Durante el proceso de la política de “deskulakización” (represión política contra los campesinos más ricos) se nacionalizaron las propiedades más exitosas y sus dueños fueron desterrados a Siberia.  Las exageraciones en la política agraria tuvieron como resultado la ruina de la agricultura lo que transformó a Ucrania, que era el granero de Europa, en un país de hambre.  Particularmente afectados lo fueron la agricultura y la ganadería.  Durante la implementación del plan de reservas de cereales, el gobierno retiraba toda la cosecha para el abastecimiento de ciudades grandes y para la exportación.  Se apoderaron incluso de las semillas.  Los militares viajaban por todas las poblaciones decomisando  todo el grano, buscando  y sacando incluso las reservas escondidas, amenazando con el fusilamiento.  Era un verdadero terror.  Stalin ordenó colocar cordones militares alrededor de toda Ucrania, para que los ucranianos hambrientos no molestasen a las provincias y ciudades más prósperas.  Los campesinos se movieron en masa a la capital esperando hallar allá un trabajo y alimentarse de alguna manera, pero tampoco podían encontrar nada en la ciudad.  En aquellos años en Ucrania, según diferentes fuentes, murieron de 4 a 6 millones de personas.  Y en toda la Unión Soviética, murieron de hambre cerca de 7 millones de personas. (Wikipedia).  “En aquellos años, la gente no sabía nada de todo eso, y fue prohibido hablar y escribir sobre la hambruna.  Solamente a finales de los años 80 y principalmente en los 90 del siglo pasado, después de la desintegración de la Unión Soviética, muchos secretos viejos de la tiranía estalinista llegaron a ser dominio público” – contó Alisa.

En aquellos años, la familia de Olga recogió y albergó un niño huérfano llamado Fedoska.  Le arreglaron una pequeña “habitación” en el pórtico del edificio y todos los vecinos le daban de comer por turno.  Después fue adoptado por un regimiento militar.  Cuando Fedosey creció, un día llegó con el uniforme militar a visitar la familia, y estaba muy agradecido con ellos por su salvación.

Siendo joven, Olga trabajó también en la Dirección General de los asuntos de Literatura y Editoriales donde se ocupaba de la censura de la prensa.  Aunque no pudo seguir estudiando, siempre tenía sed de conocimiento.  Como tenía acceso a los libros, leía mucho y quería mucho el arte, no faltaba a un solo estreno, concierto o gira artística.  Conocía de memoria muchas poesías, su poeta preferido fue y sigue siendo Sergey Esenin.  En aquellos tiempos se casó por primera vez, pero el matrimonio no resultó porque su esposo no quería tener hijos, pero para Olga eso era inaceptable ya que ella creció en una familia numerosa.  Así que pronto se divorciaron.  Y después un amigo periodista la invitó a trabajar de asistente del editor en el periódico “Ucrania Soviética”, órgano principal de prensa de la república.  El trabajo en la editorial era muy interesante y además tenían contacto con personas famosas.  Una vez los visitó Ilya Eringburg, quien recién había terminado su famosa novela “La caída de Paris”.  También se reunían con el escritor alemán Willy Bredel, la cantante georgiana Nata Vatchnadze y muchos otros.  En aquellos tiempos- más exacto en el año 1939- al periódico llegó un nuevo editor en jefe, Vasiliy Eliazárovich Prozhoguin.  Olga en aquel entonces tenía 26 años.  Los jóvenes se gustaron a primera vista y muy pronto se casaron.  Vasiliy,  originario  de la ciudad de Oriol, trabajaba allá como editor del periódico de la Zona Central de Tierras Negras.  No planeaba trasladarse a Ucrania, pero lo nombraron para trabajar en Kiev, y en aquellos años era obligatorio el cumplir con todos los nombramientos, como si fueran órdenes militares.  Prozhoguin era comunista por convicción, pero no arribista ambicioso.  Siempre preconizaba la igualdad de todas las personas en el mundo, sin importar su nacionalidad, religión o color de piel.  Creía que todas las personas tenían el derecho de ser felices, fue un idealista, un constructor del comunismo… sobre gente como él se apoyaba todo el país Soviético.  Vasiliy escribía sobre los héroes de trabajo, sobre los éxitos de la construcción socialista, sobre el fenómeno del hombre soviético, gracias a qué la Rusia de “lapot” (zapatos de corteza de madera)- en tiempo récord- llegó a ser un líder mundial.  En el año 1940 tuvieron su primer hijo Anatoliy y un año después  comenzó la guerra.

En los años de la Guerra Patria su esposo se convirtió en corresponsal militar, editor del periódico “Adelante hacia el Oeste!” del 9° cuerpo mecánico del 3er Ejército de tanques (el que se publicaba diariamente, a pesar de las dificultades objetivas del tiempo), viajaba mucho por el frente, pero, gracias a Dios, salió sano y salvo.  Y Olga Ivánovna con su hijo Anatoliy fue evacuada, como millones de personas civiles; al principio los llevaron a Saratov y después a Ufá.

Después de terminada la guerra, felizmente todos regresaron a casa donde les dieron un buen apartamento en el centro de Kiev.  En aquellos tiempos la hermana de Olga se divorció y quedó en  situación difícil; esta vez Olga le pagó con creces y la invitó a vivir con ella.  Así la hermana mayor se quedó con su familia hasta la muerte.

Después de la liberación de Kiev en el año 1943 Olga Ivánovna siguió trabajando en el Soviet de Ministros de Ucrania, donde trabajaba antes de la guerra, en el puesto del inspector del secretariado del Presidente del Soviet de Ministros.  Fue un trabajo de gran responsabilidad: en sus manos estaban y se guardaban todos los documentos secretos que entraban al órgano superior ejecutivo de la república – todos los boletines, todos los informes desde las diferentes localidades, ella clasificaba esta información y la guardaba en una caja fuerte y la única llave estaba en su poder.  Si los jefes necesitaban algunos documentos, la podían llamar al trabajo a cualquier hora del día o de noche, hasta en los días feriados.  Todo estaba bajo secreto absoluto, porque en los años de Stalin, sólo la información positiva llegaba a ser del dominio público.  Pero todo lo negativo – los problemas, crímenes, intentos de huelgas o sabotaje en las localidades o descontentos masivos de la población – se quedaba detrás de las cortinas bajo el membrete “secreto” y sólo para un círculo reducido de dirigentes.

En aquellos años, en las instituciones estatales todo el personal trabajaba con el horario de Stalin, es decir hasta altas horas de la noche.  Si a las 9 de la noche Stalin llamaba a algún dirigente local y nadie contestaba, eso era una seria infracción o  más bien,  un crimen.  Con todo eso, Stalin después de almuerzo descansaba, se alejaba a su casa de campo en Kúntsevo y dormía en la tarde tres o cuatro horas.  Pero todos los demás trabajadores no gozaban de esta posibilidad, tenían que trabajar sin parar, desde la mañana y hasta las 10 u 11 de la noche.   Llegar cinco minutos tarde al trabajo en la mañana también se consideraba un crimen, por lo que la gente caía en los tribunales.  Olga Ivánovna después del trabajo tenía que regresar a la casa en la noche caminando, ya que en aquellos años después de la guerra todavía no funcionaba ningún transporte público, caminaba de 30 a 40 minutos, cada vez bajo el riesgo de un asalto.

Y Vasiliy Eliazárovich,  después de la guerra,  siguió sus estudios de postgrado en la Academia de Ciencias Sociales, Moscú, donde se doctoró.  Después se dedicó al trabajo predilecto con el cual siempre soñó: la docencia en la escuela de periodismo de la Universidad Estatal de Kiev.  Siendo investigador y conocedor profundo de la historia de la literatura rusa, fundó la cátedra de historia del periodismo ruso, descubriendo ante los futuros periodistas el talento publicitario de los escritores rusos.  En las conferencias del profesor Prozhoguin todos estaban presentes siempre, la asistencia era de cien por ciento.  Y hasta los estudiantes de otras facultades llegaban a escuchar sus lecciones.  Fue uno de los docentes más queridos y educó a más de una generación de periodistas soviéticos.  Lo invitaban a trabajar en Moscú, pero no quería dejar Kiev, la quería mucho y allí estaba su familia.  En el año 1951 nació su hija Alisa.  El hijo mayor Anatoliy Prozhoguin se graduó del Colegio de Aviación de Sásovo y llegó a ser piloto polar.  Prozhoguin padre trabajó hasta los últimos días de su vida, hasta que la enfermedad lo venció, y nunca pensó en pensionarse.  Murió en el año 1980.

Olga Ivánovna trabajó durante 42 años y se pensionó en el año 1971.  Para este entonces, su hijo Anatoliy, quién amaba hasta la locura el Norte de Rusia, trabajaba como piloto en las regiones polares soviéticas y prestaba servicio a las expediciones flotantes de investigaciones científicas SP-22, SP-23 y SP-24 (las siglas en ruso para el Polo Norte).  Después de haber trabajado en el Norte más años de los que le correspondía por ley, a la edad de 51 años llegó a vivir en Kiev.  Extrañaba mucho su trabajo preferido y nunca logró adaptarse a la vida tranquila del pensionado; murió en el año 1999 a la edad de 59 años.

Su hija Alisa continuó la obra de su padre y también llegó a ser periodista, se casó y tuvo dos hijas.  Cuando Alisa se divorció de su esposo, sólo mujeres quedaron en la familia.  Olga Ivánovna se dedicó por completo a la educación de sus nietas y después, de su bisnieta.  A pesar de su edad avanzada y los traumas, siempre trataba de hacer todo por sí misma en la casa y además se preocupaba por los demás. 

Llegó el siglo nuevo, el milenio nuevo… La vida de la familia cambió por completo y tal vez fue una de las primeras de ser afectada por la globalización y revolución informática: Alisa se casó por segunda vez y se fue a los Estados Unidos, una nieta se fue a Turquía y más tarde la segunda nieta, Alina, con su esposo y tres hijos se vinieron a Costa Rica.  Olga Ivánovna no tuvo más remedio que irse también al continente americano, donde la llamó su hija.  “A mi mamá le gusta todo aquí – nos contó Alisa – el clima cálido, la abundancia de frutas y verduras, la bella naturaleza”.  Cierto que ya no camina, pero a la edad de cien años, se atiende a sí misma casi por completo.  De cualquier manera, cuando Alisa sale del país por sus negocios y asuntos, su esposo norteamericano Dominic se queda con la anciana y asegura que no le cuesta mucho trabajo…
 
    A Olga Ivánovna la llevan con frecuencia al jardín en una silla de ruedas para que contemple las flores, aunque es una pena que últimamente su vista se haya empeorado bastante.  Pero ¡su cerebro está totalmente intacto!  Declama las poesías de Esenin de memoria, con fluidez y buena dicción.  El 24 de julio Olga Ivánovna celebró sus cien años y está dispuesta vivir un par de años más, no se desanima, está alegre y optimista, es altruista ¡y allí está el secreto de su longevidad!



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